Los que van a morir te saludan by Fred Vargas

Los que van a morir te saludan by Fred Vargas

Author:Fred Vargas
Language: es
Format: mobi
Tags: Novela — Thriller
Published: 2009-11-12T00:00:00+00:00


XX

Richard Valence ya llevaba dos horas sin hacer nada. Había clasificado sus notas, vaciado su mesa y se había sentado completamente inmóvil en su silla: contemplaba los tejados de Roma por la ventana abierta. La noche caería pronto. Lo que pudiesen decirle Ruggieri y monseñor Vitelli no le interesaba. Había terminado su informe, entregaría un duplicado a la policía italiana, le enviaría otro a Édouard Valhubert, guardaría el original para sí, como recuerdo, y se volvería mañana para Milán. El asunto explotaría a sus espaldas. Todo había terminado.

Todo había terminado y él seguía allí, pesado e inmóvil, contemplando los techos de Roma. Eran un verdadero galimatías, los techos de Roma. Entregaría el informe y se iría. Había terminado.

Édouard Valhubert se pondría lívido de furia: lo había enviado aquí para silenciar el asunto y, en vez de hacerlo, había provocado la eclosión de un desenlace terrible e insospechado para todos. Su intervención iba a producir el efecto inverso al que habían deseado en París. Por supuesto, aún estaba a tiempo de hacer que este informe pasase de sus manos a las manos del ministro. Y nadie sabría nada. Era lo que hubiese debido hacer. Ir a saludar a Ruggieri, entregar sus conclusiones a Édouard Valhubert y dejar que el ministro decidiese los pasos que habían de darse. Es decir, ninguno, por supuesto. Encontrarían un chivo expiatorio inasible para darle así una salida conveniente a aquella lamentable historia.

Pues eso era exactamente lo que él no iba a hacer. Había descubierto la verdad, la daría a conocer y nadie conseguiría disuadirlo. Tenía muchas ganas, en realidad, de que esta verdad se supiese y haría todo lo posible para que fuese así.

Apoyó las dos manos sobre la mesa y se enderezó lentamente con las rodillas entumecidas. Dobló su informe y lo deslizó dentro de su chaqueta.

Recorrió el pasillo del hotel con los puños apretados en los bolsillos. No vio a Tiberio hasta el último segundo, hasta el momento en que el joven le cortó el acceso al ascensor.

—No se puede pasar.

Valence retrocedió. Tiberio parecía exhausto y sobreexcitado. Llevaba barba de dos días y no parecía haberse cambiado de ropa desde la última vez que lo vio en su propia casa. Su pantalón negro estaba cubierto del polvo del verano de Roma y uno hubiese podido creer que se había visto envuelto en alguna peripecia penosa, sin dormir y sin comer. En realidad, tenía un aspecto bastante amenazador. Valence veía su cuerpo tenso, impidiéndole el paso. Tanto su resolución como el polvo sobre su ropa lo dotaban de una especie de elegancia novelesca que Valence apreció. Pero Tiberio no le impresionaba.

—Quítate de mi camino, Tiberio —dijo con calma.

Tiberio se puso rígido para contrarrestar el movimiento de Valence. Apoyó las manos en la estructura metálica de la cabina, bloqueando a lo ancho toda la puerta del ascensor, y flexionó las piernas. Piernas sólidas, polvorientas pero sólidas.

—¿Qué buscas, joven emperador?, ¿qué quieres de mí?

—Quiero que hable conmigo de inmediato —dijo Tiberio, enfatizando cada palabra—. Hace cuatro días que algo grave toma cuerpo en su espíritu granítico y en su jodida habitación cerrada.



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